Introducción al tema
Es notorio para el observador de la cuestión social, que en los últimos años – y a nivel global – se ha verificado una amalgama del discurso de la subjetividad neoliberal con lo tecnológico-digital, que aparece impregnando todo lo cotidiano, con nuevos dispositivos y software sofisticados y complejos, que lograron producir un imaginario colectivo tal, que en su horizonte de posibilidades lo social y lo individual estaría signado por el devenir de la tecnología. Esta discursividad (de mucha eficacia) desplaza el ámbito de resolución de lo social, desde lo político hacia lo tecnocrático.
Parecería que lo técnico, dejó su tradicional lugar de instrumental o protésico para la sociedad, para ubicarse en un lugar central, desplazando a lo humano a lo periférico. En efecto, en la llamada sociedad del conocimiento, todo se relaciona con las tecnologías digitales, que procesan (y administran) toda la información – que como se sabe es PODER, (y recurso para monetizar)–, a la que la misma sociedad ha dotado de la condición de ofrecer (decir/producir/optar) siempre la “VERDAD”.

Ello es así, pues se atribuye a lo digital la garantía de revelar lo “real” en un modo más fiable que la percepción humana, el conocimiento, o conciencia de los individuos, esa tecnología avanzada [inteligencia artificial], que ya no solo almacena data, la procesa y decide!.
Esa última capacidad, de aprender autónomamente procesando datos y algoritmos por máquinas, está destinada a extenderse a todos los segmentos de la vida individual y colectiva, por eso creemos no es una innovación más, sino un parteaguas histórico. Ya no se trata solo de aumentar el rendimiento humano (prótesis que nos incrementaban la potencia) con algoritmos. Con la IA se pretende equiparar (y superar) las capacidades cognitivas del ser humano. Una acelerada robotización integral de los asuntos humanos es la meta. Tan peligroso como eso. La prescindencia de la propia humanidad, en cuanto a responsabilidad, elecciones o conciencia.

El criterio utilitarista suele estar presente en las empresas [intereses privados] que gestionan la Big Data, como nos advierte el filósofo Byung Chul Han, pese a lo cual, y paradójicamente como él mismo describe, los usuarios de las redes seguimos ofreciendo dócilmente nuestros datos, que son convertidos en algoritmos para influir en nuestras vidas inmediatamente.
Todo este ‘desarrollo’ –que en estos tiempos se ha acelerado considerablemente– fue acompañado por la instauración de una noción acrítica, de revolución digital y transformación digital. La capacidad de pensar y razonar, sufren cuando es sometida a una extrema rapidez de evolución técnica, que exige una adaptabilidad permanente a lo nuevo en las herramientas y dispositivos necesarios para la vida hiperconectada de hoy.
La velocidad de la competencia para introducir novedades como decimos, limita el tiempo humano (y social) para la comprensión y evaluación de los fenómenos y decidir libremente [la facultad del juicio]. La Ética queda reducida a lo personal, al ámbito de la vida privada, sin responsabilidad por el otro. Mientras, las empresas avanzan en un gran movimiento de automatización del mundo, que afecta también asuntos humanos. Sus fines son mercantiles o utilitaristas. Provocan perpetuamente estímulos en todos los planos, y eso está modificando el orden de las cosas. Su pretensión es «orientar mejor» la existencia individual y colectiva de la sociedad actual, y su justificación es que las orientaciones pueden ser precisas, porque carecen de fallas propias de la apreciación humana.
Pero cuando se habla de aplicar estas interpretaciones robotizadas para todos los asuntos humanos, se incluye la esfera de lo político, que la IA organizaría idealmente la vida social, vaciando el acto de voluntad general de toma de decisiones para responder al interés común [la Política]. Eso supuestamente evitaría “malas decisiones” y vulnerabilidades.
Esas tecnologías desnudan las ambiciones hegemónicas que encarna el llamado tecno-liberalismo, en un mundo regido por la retroalimentación (de datos, no de voluntades reflexivas). Pero no se trata de las máquinas de cálculos informacionales, abstractos, sino de quienes están detrás de ellas. Que poderes industriales y económicos en comunión con ámbitos intelectuales y científicos, trabajan para lógicas productivistas y militares que confluyen siempre fortaleciendo métodos de poder.
La influencia y efectos de esta «civilización técnica» sobre la subjetividad de los individuos, en su entera descripción es materia de la psicología clínica. Nuestra preocupación se enfoca centralmente en las influencias que las redes y aplicaciones ejercen, sobre actitudes políticas, económicas e ideológicas, y que modifican conductas cívicas tradicionales motorizadas por factores de poder, no siempre expuestos.

Detallando el ‘fenómeno’
El mundo creado por el Tecno-liberalismo, facilita la ilusión (compartida por muchos), de que, con cada nueva tecnología, somos más autónomos. Sin embargo, los peligros de derivar hacia lo opuesto, son demasiado importantes como para desdeñar todo análisis o constatación de acontecimientos, que desmienten aquella quimera. A nivel subjetivo, ya señalamos que el neoliberalismo penetró muchas mentes, de suerte que hoy el hombre promedio siente una primacía de su individualidad sobre las reglas comunes.
Ello se asienta –en nuestra opinión– en dos fenómenos decisivos: uno es el largo proceso de desilusión progresiva ante la palabra POLÍTICA (por inocua para resolver problemas de las mayorías), las promesas políticas (por incumplidas en su generalidad) y, por consiguiente, de los principios comunes. El otro sería que, por el giro liberal del último medio siglo, que insufló la creencia de que el vector de la sociedad es el INDIVIDUO y no la organización política; comenzó a romperse el pacto de confianza que amalgama a toda sociedad.
Con el advenimiento y difusión de las redes sociales, enfatizó en los individuos el sentimiento de «ser importantes», mostrando secuencias de sus vidas o revelando públicamente sus opiniones. Pero la realidad es que, tantas acciones de la vida humana se realizan cada vez más a distancia, a través de pantallas, lo que produce es «un estado de aislamiento colectivo», tal como describe el filósofo Eric Sadim, un verdadero especialista en estos temas.
Hoy los individuos, tienen al alcance instrumentos para poder mostrar sus resentimientos y descontentos [mucha gente se siente rechazada] y participa de la “vida social” en la forma virtual. Aunque, como en el caso de “X” [Twitter], se dan mayormente soliloquios, a despecho de la impresión de intercambio que genera en los usuarios. Todo eso también es parte del Tecno-liberalismo.
El buen equilibrio entre la Acción y el Verbo, es la condición política, según los clásicos. Primero se produce la acción, y el verbo a posteriori viene a comentar, a racionalizar su efectividad, su calidad. La acción se juzga, y con el juicio se puede rectificar (mejorar) lo actuado.
Pero la situación actual consiste en creer que la palabra sirve como Política (en su sentido pleno). Y es así, que, usando los instrumentos digitales que consideran, los habilitan para reafirmar su importancia hacia los demás, sobrestiman la visibilidad que les da su exposición [que en realidad solo logran muy pocos “influencers”] y emiten juicios y opiniones, pretendiendo lograr reconocimiento y legitimidad. Pero todo ello es inconducente, no construye nada.
El sistema político para funcionar mecánicamente, lo debe hacer a través de las instituciones, aunque éstas en la actualidad se muestren frágiles y decadentes [especialmente si se las mira bajo una lógica de contabilidad]. Las vocaciones políticas deben ser institucionalizadas para ser efectivas, incluso es preciso institucionalizar todo lo que es alternativo, para todos los campos de la vida. Solo la organización vence …
La existencia de lo comunitario debe ser reivindicada, incluso utilizando las pantallas que, mediante redes y aplicaciones nos derivan a un estado de aislamiento colectivo ofreciendo operar todas nuestras acciones humanas a distancia. Sospechamos que existe un proyecto de control absoluto de lo colectivo y lo alternativo, tal como señalamos en la introducción. Es necesario combatir este programa de ‘racionalización’ y ‘mercantilización’ de la sociedad que, en conjunto, llevan a cabo desde Silicon Valey, con el patrocinio de gobiernos y otras corporaciones.

Desnudando el mito
Las tecnologías digitales a las que nos hemos referido, con epicentro hoy en el smartphone como instrumento, sin duda ya han producido ciertas incidencias en nuestra psicología y en nuestra psiquis. En alguna forma nos han modificado; la adicción de uso, la confianza en su capacidad resolutoria, la desatención de otras novedades circundantes, etc.

Hemos sido impotentes convencidos de que teníamos una inmensa capacidad de acción. Se nos prometió allá en la década del 2000, que las redes globales serían instrumentos de la emancipación. Nos autoconvencimos que, participando en los foros de discusión, se creaba un proceso de liberación. Sin embargo, la sensibilidad allí expresada no rinde tantos frutos, siendo lo sensible y su expresión una cuestión política fundamental. Lo no presencial, sin embargo, lo mediado, la distancia, pone filtro a la sensibilidad y afecta sus capacidades. Eso define precisamente el aislamiento colectivo mencionado.
En cuanto al ‘alma’ de la tecnología de última generación, que ya se emplea en diversos campos, como la educación, la medicina, las finanzas, la industria, la moda, el entretenimiento, etc.,: la (ahora) famosa Inteligencia Artificial, bajándola del Olimpo decimos; imita el lenguaje fluidamente pero no comprende lo que dice. No puede situar lo dicho en el mundo (entorno) para darle un determinado sentido.
La IA no surge de la experiencia, la intención ni la conciencia, sino de la estadística: correlaciona muchísimos datos; sus respuestas son probables, y aunque verosímiles no necesariamente verdaderas. No cuenta con «criterio», esto implica que sus análisis son resúmenes, ante tensiones conceptuales, simplifica. El criterio humano se nutre (o forma) en base a experiencias, memoria y sensibilidad.
No asume consecuencias de sus evaluaciones o contestaciones, entre estímulo y respuesta existe la responsabilidad (humana), que obviamente no se puede automatizar.
No debemos confundirnos coherencia con verdad. De hecho, está comprobado que aprende de modelos a reproducir sesgos. Si hay desigualdades no las corrige; las fija.
El peligro es tomar de la tecnología sus “juicios” como certeros, ese margen solo pertenece a la humanidad. Por eso, no se rechaza: se monitorea y controla.
El Ethos de la nueva era
Vivimos una progresiva fragmentación de nuestras sociedades (occidentales), a la vez que parece crecer también una masa social que es muy voluble a teorías absurdas o conspirativas. Y entendemos que no es solo producto de la precariedad que el mundo del trabajo nos ofrece cada vez más ‘ampliada’ [incertidumbre], o, la división política que algunos factores de poder estimulan [divide et impera].
Nuestra parte del mundo (desde hace décadas), se rige por un ethos individualista, exacerbado por el uso más asiduo de las tecnologías digitales. Se trata de una nueva condición civilizatoria, en la que los individuos contemplan la revocación progresiva de una base común, dando paso a una aglomeración de seres que se consideran tan engañados, que no consiguen darle crédito a su propia percepción de las cosas.
La utopía de la emancipación a través de las redes es una fábula, advierten muchos, cuando perciben que sus simples intercambios en foros en línea, no libran a sus participantes de las alienaciones que la mayoría padece.
Por el contrario, los gigantes digitales aplicando sus inducciones algorítmicas, encausan la práctica endogámica en las redes, pues acercan a distintos componentes del cuerpo social, conforme sus opiniones o preferencias, lo que produce una consolidación de las propias creencias de cada cual. Pero esos lazos aparentes, cuando conectan puntos concordes, generan una ilusión de implicación política, que difícilmente se cristalice en compromiso concretos.

También, por la negativa, las opiniones disidentes o confrontadas, suscitan tensiones interpersonales, que a veces, pretenden constituirse en “enemigos” políticos. De vuelta, existe una gran dismetría entre el discurso y la acción en nuestra época, que la política empieza a experimentar como drama.
Hoy día, en nuestro país, a pesar del fuerte discurso anarco-libertario en pro del individualismo liberal, que cautiva a algunos (especialmente jóvenes), no ha rendido en lo concreto sus pretendidos buenos frutos. A 250 años de su aplicación de ese ideal ilustrado, más o menos continua en muchos territorios, nunca ha dejado de generar desigualdades y una competencia feroz, por lo que no se percibe el virtuosismo que le dio lugar al pacto político que habilitó su arraigo. Se trata de otro mito.
¿No cabe cuestionarse la actitud de muchos representantes del pueblo en las bancas legislativas, que prestan consentimiento para generar políticas liberales sin consideraciones de las mayorías [interés general]?
La autonomía de las bases sociales se deteriora. El imperativo es la participación directa como modo de gobernanza, mientras el principio de delegación esté muy cuestionado como en la actualidad [crisis de representatividad], que la dirigencia no sabe/puede/quiere conjurar la pobreza y la precarización, la voz del pueblo se debe considerar. Si no, el descrédito de la política y la acción pública [lo común] reverdece entre las masas, como crecen el odio y el resentimiento, producto de la frustración.
Si las multitudes no creen en nada, descreerán de las autoridades, de las instituciones, de la prensa. Si desaparece el pacto común (y, subsecuentemente el pacto de confianza) se habilita la violencia, y, hasta el fin de una sociedad.

Reflexión final
Como preveníamos al inicio, la psicología no es nuestro metier, pero podemos colegir que como humanos, todos necesitamos creer, sea trascendencia religiosa o apuesta hacia el futuro. Siempre necesitamos visualizar un horizonte deseable que justifique nuestro caminar. Vamos en procura de un mundo mejor. Los mesianismos son útiles, pero pueden tornarse peligrosos si son puramente irreflexivos.
Vamos hacia la luz, no a la oscuridad, es un mandato atávico irrenunciable.
Pero tenemos que deshacernos de las guías ilusorias, tanto de falsos profetas, como de aparatos de señales e indicaciones sesgadas como la IA generativa, que nos puede adocenar y confundir en nuestra misión como humanos. Nuestra inteligencia adaptativa siempre acompaña a las emociones, y se conjugan. No actuamos con o por aritmética, sino motivados por sentimientos.
Somos seres indeterminados, no probabilísticos y por ello somos potencialmente LIBRES. No necesitamos de señales de IA para orientar nuestras acciones, aquellas son diseñadas por tecnócratas al servicio de poderes fácticos. Para ayudar a la autodefensa es menester regular la aplicación de la I.A. en el país, al estilo de Europa, o incluso de las exigencias de seguridad impuestas en EE.UU. como recaudo ante el frenético desarrollo al siguiente nivel de esta tecnología, mal que le pese a nuestro libertario presidente y a su ministro de desregulación (ambos opinaron adversamente argumentando que es solamente un obstáculo para los negocios).

Más pensamiento estratégico nacional y creatividad humana, menos agenda e ideario siliconizante. La automatización es inevitable, admitamos que como acelerado producto de la transformación tecnológica ya no hay retorno, pero puede condicionarse, a favor de las necesidades humanas, y no solo experimentarla como consumidores autómatas.
La conciencia ciudadana debe despertar, señalar (especialmente a las generaciones digitales) que recogerse en sí mismo, aunque se sienta cómodo, tiende a vulnerar al espíritu crítico, se pierde la perspectiva, y la necesaria visión colectiva. El ‘otro’ no es mercancía, ni las relaciones deben ser solo utilitarias. La sensibilidad carnal (presencial) es la mayor riqueza vital humana. Lo virtual siempre será superficial.
El ensimismamiento debilita la capacidad intelectual, pero también diluye en la idiosincrasia popular las cualidades políticas y morales que dan sentido a la vida en común con el resto.
Me permito una última recomendación; es necesario desdeñar el rencor, el resentimiento, el victimizarse y culpar al ‘otro’, tan de moda en nuestros días. La emancipación humana debe ser reflexiva, libre de aquellas categorías.
Podríamos decir a modo de corolario: «Si prevalece la desconfianza, la sociedad no evoluciona y tiende a desintegrarse», ese es hoy nuestro mayor peligro.
